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Tema: ¿COMO SUPERAR UNA TRAICION?

  1. #1
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    En su concepción mas amplia, la traición es un acto casi siempre intencional que quebranta la fidelidad o la lealtad. Es una de las acciones que mas daí±o propician, sobre todo porque la mayorí*a de las relaciones afectivas se sustentan en la confianza recí*proca, y es precisamente esa parte la que mas se lesiona cuando surgen situaciones de este tipo.

    El romper con la promesa de lealtad transgrede una relación, cualquiera que sea –familiar, de pareja, de amigos, etcí©tera–, basada en la confianza y la entrega afectiva. Es una situación que ofende profundamente los sentimientos de entrega y de reciprocidad de la otra persona, lastima el sentimiento de que uno tiene un respaldo emocional y que se puede contar con el otro siendo transparente en actitudes y pensamientos. Cuando existe una traición es difí*cil continuar a menos que el daí±o sea reparado.

    Para Celia Mancillas, Doctora en Desarrollo Humano, la traición es uno de los fenómenos humanos que estí¡n relacionados con la agresión y tiene dos caracterí*sticas:

    - Es indirecta porque no es una expresión manifiesta. Hay violación de códigos, de acuerdos, no aparece como un golpe o un insulto sino como una agresión silente, que no se manifiesta directamente: es escondida, secreta.

    - Implica una violación de la confianza.

    Los í¡mbitos de la traición son muchos, pero se pueden agrupar en dos sectores:

    - La traición hacia el otro:

    El í¡mbito í*ntimo o privado. De padres a hijos, entre hermanos, con la pareja, con los amigos. Se refiere a la violación de un código de confidencialidad. Por ejemplo, muchas veces entre hermanos confí*an y se platican pero uno de ellos lo abre con los padres.

    Las formas de traición en relaciones afectivas pueden ser muchas y dependen de los valores y principios de cada quien: la infidelidad en la pareja, la humillación, píºblica o no, el robo, la violación de la confidencialidad, abusos emocionales, sexuales o fí*sicos, el abandono, el engaí±o, el fraude económico, etcí©tera.

    Aunque es muy ambiguo seí±alar quí© tipo de acciones corresponden a un acto de traición o cuí¡les corresponden a formas de satisfacer intereses personales –aíºn a costa de la falta de aprobación de la otra persona, ya sea por desacuerdos o impedimentos implí*citos o explí*citos para poder lograrlo–, es un hecho que la traición lleva consigo una intención malsana cuya finalidad es sacar ventaja de los demas.

    Consecuencias.

    A partir de una traición hay un sentimiento de menosprecio, desolación, herida y engaí±o. Cualquier relación humana cimentada en la confianza se fractura e impide continuar sin trabas, frustración y remordimiento ya que se considera una farsa simular que todo estí¡ bien.

    Sin embargo, el psicólogo y terapeuta Juan Antonio Barrera asegura que las consecuencias tienen que ver con la estructura de la personalidad, con la capacidad de replantearnos nuevas metas, con la capacidad de otorgar perdón y la capacidad de tolerancia a la frustración.

    Tambií©n subraya como consecuencias de la traición:

    - Inseguridad, miedo y dolor.

    - Deseo de venganza. Este sentimiento puede ser consciente o inconsciente, pero hay que ver que en la venganza tambií©n nos traicionamos porque nos olvidamos de nosotros mismos, de disfrutar lo que hacemos, no comemos bien porque nada mas nos concentramos en ese deseo de vengarnos.

    - Se genera distancia y resentimiento.

    - Lucha de poder que puede traer conflictos. La persona traicionada se comienza a hacer trizas al otro y este, al sentirse culpable, cede el poder y la relación se torna muy desgastante.

    - Desconfianza. En el traicionado hay un sentimiento inmediato de una ruptura de la confianza con el otro. “La confianza humana es hermosa pero muy sensible a la derrota”, seí±ala Mancillas.

    - Provoca una crisis emocional porque generalmente es necesario cambiar el rumbo de lo que se tení*a planeado con la persona que traicionó.

    Raquel Casasa, terapeuta psicocorporal, asegura que cuando no expresamos las emociones que se quedan atoradas por una traición, podemos llegar a enfermarnos, a somatizar, podemos sufrir de trastornos al dormir, dolores de cabeza, de estómago, etcí©tera.

    Cabe seí±alar que la decisión de perdonar o no es una cuestión abstracta y que se deja a criterio personal. Lo importante es estar dispuesto a curar las heridas del pasado, desprenderse del dolor emocional y estar dispuesto a ver hacia delante, no por olvido sino por superar la experiencia aprendiendo de ella.


    La aceptación del hecho de forma madura, sin exagerar ni restar importancia, es vital para un perdón sano y autí©ntico. Con esta base tal vez sea mas fí¡cil visualizar si es factible darse una nueva oportunidad o determinar si no hay vuelta atrí¡s.



    Egos obesos, mentes anorexicas.

  2. #2
    libredelawt Lectores

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    Mary:

    Por que siempre se habla del perdon en estos casos?

    Como seria aceptar de forma equilibrada,para que es realidad sea sano y autentico,tal perdon?

    Realmente se restablecen las relaciones al 100%?

    Saludos y gracias por el tema.

  3. #3
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    Fijate Irving que te dice que la decision de perdonar es como un concepto abstracto y se deja a eleccion personal.

    Cuando alguien te traiciona y sientes deseos de venganza y rabia debe ser momentaneo pues esos sentimientos negativos son malsanos en sentido emocional.

    Aun no queriendo volver a ser amigo del que te traiciono, una forma de perdonarlo es no queriendo vengarte de el y no pensar en la traicion y en la forma de retribuirle lo mismo todo el dia.

    Dependiendo del grado de la traicion sera el grado del perdon en muchos casos y tambien y el deseo de volver a restablecer las relaciones, cuando hay una traicion hay duda y desconfianza y eso impedira que se restablezcan al 100%. Ademas, hay que tomar en cuenta si la parte que traiciono pide perdon y si se gana la confianza perdida.

    Saludos



    Mary.
    Egos obesos, mentes anorexicas.

  4. #4

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    Hola:

    Este tema es muy comun a lo largo de nuestra vida, pues constantemente lo podemos padecer,yo le he asemejado como una enfermedad mortal,nunca se sabra,cuando,por donde,por que?.

    A decir verdad hsta yo misma he defraudado la confianza de epersonas valiosas para mi y al igual me han defraudado,creo que la diferencia estriba en olvidar y empezando desde cero la relacion.

    Saludos buen tema.

  5. #5

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    ...y acaso eso realmente se pude lograr, osea puede uno sentir en su corazon el verdadero deseo de olvidar, perdonar, dejar todo atras y empezar de nuevo como dice Fany, ¿pero se puede realmente? no estoy muy segura, o a lo mejor yo soy muy rencorosa, el caso esque me gustaria saber realmente a que le tiro cuando sueí±o...

    Nerek.

  6. #6
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    Hola Nerek:

    El comenzar de nuevo y olvidar va a depender del grado de la traicion y tambien del deseo de superarla. Si la guardas no la expresas, no la sacas no la enfrentas no la superas, solo la escondes.

    El tapar los problemas no los soluciona, es una via de evadirlos y lo que hace es que se acumulen como montaí±as, hasta que un dia explotan. El afrontarlos sea cara a cara, o el hablarlos con el fin terapeutico de sanarlos, los puede solucionar.

    El olvidar como si tuvieramos la mente en blanco no es posible, nuestro cerebro graba y no borra a menos que tengamos amnesia o alzhaimer, pero si podemos vivir con lo que nos sucedio sin dolor.

    Besos

    Mary.
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  7. #7

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  8. #8
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    Tema bello donde los haya,

    Cuando el corazón se rompe en pedacitos,duele y duele,no en sentido espiritual,hablo del físico,a mi me ha pasado,incluso hasta te llevas la mano allí,al corazón,como diciéndole " no sufras,verás que todo irá mejor,tranquilo,que te necesito para seguir viviendo".

    Lo mejor que se puede hacer es recojer los pedacitos y volverlo a componerlo sin temor,teniendo presente que este nuevo corazón será más fuerte y compasivo,que el anterior.

    El que traiciona,se traiciona asi mismo.



    Lady

  9. #9

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    traditionem,o "pasar de un lado a otro" es un efecto cruel cuando se tiene confianza... pero la persona traicionada nunca con mucho culpable de lo ocurrido. confiar es parte de lo que uno desea. mal se hace en darle valor a quien no merecía la confianza, mas el amor y la confianza co bastedad y la mas de las veces son ciegos. Soy tan tonto que no se si deba llamarme Roberto de Bruce. es triste no saber nada.

    ********************

    Monsieur René, un francés propietario de un restaurante en la calle de Bolívar de la ciudad de México, se percató una tarde de la presencia de un perro negro de tamaño mediano, sentado cerca de la puerta abierta, sobre la banqueta. Miraba al restaurantero con sus agradables ojos cafés, de expresión suave, en los que brillaba el deseo de conquistar su amistad. Su cara tenía la apariencia cómica y graciosa que suele tener el rostro de ciertos viejos vagabundos, que encuentran respuesta oportuna y cargada de buen humor aun para quienes avientan una cubeta de agua sucia sobre sus únicos trapos.


    El perro, al darse cuenta de que el francés lo miraba con atención, movió la cola, inclinó la cabeza y abrió el hocico en una forma tan chistosa que al restaurantero le pareció que le sonreía cordialmente.


    No pudo evitarlo, le devolvió la sonrisa y por un instante, tuvo la sensación de que un rayito de sol le penetraba el corazón calentándoselo.


    Moviendo la cola con mayor rapidez, el perro se levantó ligeramente, volvió a sentarse en aquella posición algunas pulgadas hacia la puerta, pero sin llegar a entrar al restaurante.


    Considerando aquella actitud en extremo cortés para un perro callejero hambriento, el francés amante de los animales, no pudo contenerse. De un plato recién retirado de una mesa por una de las meseras que lo llevaba a la cocina, tomó un bistec que el cliente, inapetente de seguro, había tocado apenas, sosteniéndolo entre sus dedos y levantándolo, fijó la vista en el perro y con un movimiento de cabeza lo invitó a entrar a tomarlo. El perro, moviendo no sólo la cola, sino toda su parte trasera, abrió y cerró el hocico rápidamente, lamiéndose los bordes con su rosada lengua, tal como si ya tuviera el pedazo de carne entre las quijadas.


    Sin embargo, no entró a pesar de comprender, sin lugar a duda, que el bistec estaba destinado a desaparecer en su estómago.


    Olvidando su negocio y a sus clientes, el francés salió de atrás de la barra y se aproximó a la puerta llevando el bistec, que agitó varias veces ante la nariz del perro, entregándoselo finalmente.


    El perro lo tomó con más suavidad que prisa, lanzó una mirada de agradecimiento a su favorecedor, como ningún hombre y sólo los animales saben hacerlo. Después, se tendió sobre la banqueta y empezó a comer el bistec con la tranquilidad de la que goza de una conciencia limpia.


    Cuando había terminado, se levantó, se aproximó a la puerta, se sentó cerca de la entrada esperando a que el francés advirtiera nuevamente su presencia. En cuanto el hombre se volvió a mirarle, el perro se levantó, movió la cola, sonrió con aquella expresión graciosa que daba a su cara, y movió la cabeza de modo que sus orejas se bamboleaban.


    El restaurantero pensó que el animal se aproximaba en demanda de otro bocado. Pero cuando al rato se acercó a la puerta llevándole una pierna de pollo casi entera, se encontró con que el perro había desaparecido.


    Entonces, comprendió que el can había vuelto a presentársele con el único objeto de darle las gracias, pues de no haber sido así, habría esperado hasta conseguir un cacho más.


    Olvidando casi enseguida el incidente, el francés consideró al perro como uno más de la legión de callejeros que suelen visitar los restaurantes de vez en cuando, buscando bajo las mesas o parándose junto a los clientes para implorar un bocado y ser echados fuera por las meseras.


    Al día siguiente, sin embargo, aproximadamente a la misma hora, es decir, a las tres y media en punto, el perro volvió a sentarse a la puerta abierta del restaurante.


    Monsieur René, al verlo allí sentado, le sonrió como a un viejo conocido, y el perro le devolvió la sonrisa con aquella expresión cómica de su cara que tanto gustaba al dueño de este lugar. Cuando el animal se percató de la acogida amistosa del hombre, se incorporó a medias como el día anterior, movió la cola e hizo su sonrisa tan amplia como le fue posible, mientras su sonrosada lengua le recorría la quijada inferior.


    El francés hizo un movimiento de cabeza para indicarle que podía aproximarse y tomar gratis junto al mostrador, su comida. El perro solamente dio un paso hacia delante, sin llegar a entrar. Era claro que se abstenía de penetrar no por temor, sino por esa innata sabiduría de ciertos animales, que comprenden que las piezas habitadas por humanos no son sitio propio para perros que acostumbran vivir al aire libre.


    El francés juntó sus dedos y los hizo tronar, al mismo tiempo que miraba al perro para hacerle entender que debía esperar algunos minutos hasta que de alguna mesa recogieran un plato con carne, y para gran sorpresa del restaurantero, el perro interpretó perfectamente aquel lenguaje digital.


    El can se retiró un poco de la puerta a fin de no estorbar a los clientes que trataran de entrar o salir. Se tendió, y con la cabeza entre las patas delanteras y los ojos medio cerrados, vigiló al francés que atendía a los clientes sentados a la barra.


    Cuando más o menos cinco minutos después, una de las meseras recogió en una charola los platos de algunas mesas, el propietario le hizo una seña, y de uno de ellos tomó las respetables sobras de un gran chamorro, se aproximó al perro, agitó durante unos segundos el hueso ante sus narices y, por fin, se lo dio. El perro lo tomó de entre los dedos del hombre con la misma suavidad que se lo hubiera quitado a un niño. Igual que el día anterior, se retiró un poquito, se tendió en la banqueta y disfrutó de su comida.


    Monsieur René, recordando el gesto peculiar del perro el día anterior, tuvo curiosidad por saber que haría en esa ocasión, una vez que terminara de comer, y si su actitud del día anterior había obedecido a un simple impulso o a su buena educación.


    Cuando estaba a punto de apostar con un cliente a que el perro se pararía a darle las gracias, observó la sombra del animal cerca de la entrada. Lo atisbó con el rabillo del ojo, evitando intencionalmente verle de lleno. Después, se ocupó de las repisas y de la caja registradora, pero sin dejar de espiar al perro y procurando que aquél no se diera cuenta, con el objeto de ver cuánto tiempo esperaría hasta expresar su: "gracias y hasta mañana".


    Dos, tal vez tres minutos transcurrieron para que el francés se decidiera a mirar frente a frente al animal. Inmediatamente éste se levantó, movió la cola, sonrió ampliamente en su manera chistosa y desapareció.


    A partir de entonces, el restaurantero tuvo siempre preparado un jugoso trozo de carne para el perro, tomado de las sobras de órdenes especiales. El animal llegaba todos los días con la puntualidad con que empiezan las corridas de toros en México. A las tres y media en punto, Monsieur René lanzaba una mirada a la puerta y ya encontraba al perro meneando la cola y sonriendo.


    Así transcurrieron cinco o seis semanas, sin que ningún cambio ocurriera en las visitas del perro. El francés había llegado a mirar a aquel animal negro, callejero, como su cliente más fiel, considerándolo además como una mascota.


    Tan puntualmente acudía el perro, que habría podido ponerse la hora exacta en un reloj de acuerdo con su llegada. Y no obstante que estaba seguro de la amistad de Monsieur René, ni por un momento abandonó su cortesía.


    Nunca había entrado al restaurante, a pesar de la insistencia con que el francés le invitaba. A éste le habría agradado que el animal se quedara definitivamente, utilizándolo para que echara a los perros menos correctos, y para cuidar el lugar durante la noche.


    A últimas fechas, después de dar de comer al perro, solía hacerle algunos cariños. El animal, con el bistec en el hocico esperaba hasta que el hombre acabara de acariciarlo. Después, y nunca antes, se dirigía a su sitio acostumbrado en la banqueta, se tendía y disfrutaba de su carne. Y como siempre, al terminar volvía aproximarse a la puerta, movía la cola, sonreía y expresaba a su manera: "¡Gracias, señor, hasta mañana a la misma hora!" Entonces, y no antes, se daba la vuelta y desaparecía.


    Un día, Monsieur René fue insultado terriblemente por un cliente, a quien se le había servido un bolillo tan duro, que al morderlo creyéndolo suave, se rompió un diente artificial.


    El francés, a su vez, se enfureció con la mesera y la despidió inmediatamente. Ésta se fue a un rincón a llorar amargamente. La culpa no había sido enteramente suya. Desde luego que debiera haber notado que el pan estaba duro como una piedra, pero también el cliente lo debió haber observado antes de darle tal mordisco. Además, nadie habría considerado higiénico y correcto que la mesera, antes de servir un bolillo, lo apretara con las manos para ver si estaba fresco o no. Pero de cualquier modo, ella había servido el dichoso bolillo y, por lo tanto, podía culpársele de lo ocurrido. Aunque el verdadero culpable era el panadero que, intencionalmente o por descuido, había dejado aquel bolillo viejo entre los buenos.


    Frenético, el francés llamó por teléfono al pandero para decirle que era un canalla desgraciado, que cómo podía hacerle eso a él que le pagaba tan puntualmente; que era una rata infeliz, a lo que el panadero contestó con uno de esos recordatorios de familia y algunos otros vocablos que, al ser oídos, harían palidecer a un diablo en el infierno.


    Aquel animado cambio de opiniones, terminó cuando el restaurantero colgó el aparato con tanta energía, que de no haber sido por la previsión de los ingenieros constructores de teléfonos, que calcularon correctamente la fuerza desplegada por usuarios enojados, nada del artefacto habría quedado en pie. Así pues, solamente el gancho se enchuecó un poco y un pedazo del aplanado de la pared se desprendió.


    Monsieur René, rojo como un tomate, con las venas de la frente tan hinchadas que parecían reventársele en cualquier momento, volvió a la barra. Desde allí advirtió la presencia de su amigo, el perro negro, llegando como siempre en punto del reloj a esperar pacientemente su comida junto a la puerta.


    Al mirar a aquel can allí sentado, quieto e inocentemente en apariencia, libre de toda preocupación y de las contrariedades que hacen envejecer prematuramente a los dueños de restaurantes, meneando la cola alegremente y sonriendo para saludar a su benefactor en aquella forma cómica que tanto le gustaba, el francés, cegado por la ira y arrebatado por un impulso repentino, tomó el bolillo duro que tenía enfrente sobre la barra y lo arrojó con todas sus fuerzas sobre el animal.


    El perro había visto claramente el movimiento del restaurantero. Lo había mirado tomar el bolillo, se había percatado de sus intenciones y lo había visto lanzarlo por el aire en contra suya. Fácilmente hubiera podido evitar el golpe, de haberlo deseado, pues siendo un perro acostumbrado a recibir lo que la calle le ofrecía, estaba familiarizado con la dura vida de los perros sin amo, o de aquellos cuyo dueño es tan pobre que sólo puede ofrecerles su cariño.


    Un simple movimiento de cabeza le habría bastado para salvarse del golpe. Sin embargo, no se movió. Sostuvo fija la mirada de sus ojos suaves y cafés, sin un pestañeo, en el rostro del francés, y aceptó el golpe valientemente. Durante algunos segundos permaneció sentado, atónito no por el golpe, sino por aquel acontecimiento que jamás había creído posible.


    El bolillo cayó a corta distancia de sus dos patas delanteras. El perro lo miró no como a una cosa muerta, sino como a un ente viviente que saltaría sobre él en cualquier momento. Parecía desear comprobarse a sí mismo, que aquel pan había llegado a él por movimiento propio y así justificar la actitud de su amigo.


    Quitó la vista del bolillo, recorrió con su mirada el suelo, después la barra y terminó fijándola en la cara del francés. Allí clavó como magnetizado. En aquellos ojos no había acusación alguna, sólo profunda tristeza de quien ha confiado infinitamente en la amistad de alguien e inesperadamente se encuentra traicionado, sin encontrar justificación para semejante actitud. De pronto, dándose cuenta de lo que había hecho en aquel momento, el francés se sobresaltó tanto como si acabara de matar a un ser humano. Hizo un gran esfuerzo y se repuso. Miró por unos cortos segundos hacia la puerta con una expresión de completo vacío en sus ojos. Instantáneamente volvió la vista y observó el plato de un cliente, que enfrente de él clavaba el tenedor en el bistec que acababan de servirle.


    Con movimiento rápido tomó el bistec del plato del asombrado cliente, quien saltó de su asiento, protestando en voz alta por la violación a los derechos constitucionales que amparan a un ciudadano a comer en paz.


    Agitando el bistec entre los dedos, el francés salió a la calle, y al descubrir al perro corriendo por la cuadra siguiente, se lanzó tras él, silbando y llamándolo, sin preocuparse en lo mínimo por la gente que se detenía a su paso para mirarlo como a un lunático que agita un bistec entre sus dedos y llama a los perros de la calle para que se lo coman.


    Ya casi para llegar a la calle de Tacuba, perdió de vista al perro. Dejó caer el bistec y regresó a su restaurante cansado y cabizbajo.


    - Perdóneme, señor -dijo al cliente, a quien ya se había servido otro bistec-, perdóneme, amigo, pero el bistec no estaba bueno; además, quise dárselo a alguien que lo precisaba más que usted. Disculpe y ordene cualquier platillo especial que le guste, a cuenta de la casa.


    - Caramba, eso sí que está bien, aunque ya me repusieron el bistec. Pero si como orden especial pueden darme un doble pie-ala-mode...


    - Sí estimado señor, lo que usted quiera.


    Moviéndose sin descanso de un lado para otro, retirando aquí una mesa, acomodando allá una silla, el francés llegó, finalmente, al rincón oscuro en que la mesera lloraba.


    - Ya está bien, Berta, te quedarás. La culpa no fue toda tuya. Algún día asesinaré a ese tahonero. Prefiero castigar a ese tal cual y no a ti. Anda, corre a servir tus mesas. Aquel tipo me sacó de quicio, gritando por su diente falso como un chango rabioso.


    - Gracias señor -contestó Berta, haciendo pucheros todavía- se lo agradezco mucho y trataré de merecer sus favores. Ya sabe usted, tengo que sostener a mi madre y a mis dos escuincles, y hoy en día no es muy fácil encontrar trabajo tan rápidamente como yo lo necesito y ganando lo mismo que aquí.


    - ¡Por Dios Santo! no hables a chorros y ponte a trabajar.


    - Lo único que quería era darle las gracias -e inmediatamente, gritando a un cliente que estaba tocando nerviosamente un vaso con una cucharita- "Sí señor, ya estoy volando, no puedo estar en todas las mesas al mismo tiempo... ¿Qué le servimos ahora? ¿Lo de siempre?... En el acto...


    Monsieur René se consolaba diciéndose que el perro volvería al día siguiente. De seguro no perdería su comida por aquel maltrato. Cosas como aquella, ocurrían todos los días. Los amos suelen golpear a sus perros cuando éstos lo merecen, y después el asunto se olvida. Los perros son así, siguen a quien les da de comer.


    A pesar de aquellos razonamientos, no se sentía bien.


    Durante el día siguiente, sólo pudo pensar en el perro, trató de olvidarlo repitiéndose a sí mismo que, después de todo, no era su propio perro, que ni sabía siquiera en dónde vivía, ni cómo se llamaba, ni quién era su amo. "Es sólo un perro callejero que se alimenta en los basureros, sin personalidad alguna, y al que basta darle un hueso para tenerlo como amigo".


    Pero mientras más intentaba olvidar al perro degradándolo, diciéndose a sí mismo que no valía la pena preocuparse, menos le era posible expulsarlo de su mente.


    Al día siguiente, desde las tres, el francés ya tenía preparado un buen trozo de bistec, jugoso y a medio cocer, con el que pensaba darle la bienvenida al perro, y de ese modo disculparse por el insulto que le había inferido el día anterior, y reanudar así su amistad.


    A las tres y media en punto y con las campanadas del reloj colocado en un gran edificio de enfrente, apareció el perro y se sentó en el sitio usual cerca de la puerta.


    - Ya sabía yo que vendría -se dijo el francés, sonriendo satisfecho-. Dejaría de ser perro si no hubiera ocurrido por el almuerzo.


    Sin embargo, le decepcionaba comprobar lo que decía. Había llegado a gustar del animal si no es que a quererlo, y lo juzgaba diferente de los otros, orgulloso y distinguido. De cualquier modo, le agradaba que el perro hubiera vuelto y le perdonaba su aparente falta de delicadeza, pensando que el hombre debe aceptar a los perros tal y como éstos son, ya que carece de poder para cambiarlos.


    El can se sentó, mirándolo con sus ojos suaves y apacibles. Saludándolo con una amplia sonrisa, Monsieur René esperaba ver retratarse en su cara, aquella expresión chistosa con la que acompañaba siempre los meneos de su rabo cuando contestaba a su invitación de acercarse.


    El perro permaneció inmóvil y con el hocico cerrado cuando vio al hombre tomar el bistec y agitarlo detrás de la barra desde donde, con un movimiento de cabeza, le indicaba que podía pasar a almorzar, pretendiendo infundirle confianza. Pero éste no se movió de su sitio. Miró fijamente a la cara del francés como si tratara de hipnotizarlo. Una vez más el hombre agitó el trozo de carne y se pasó la lengua por los labios haciendo hmm-mm-hmm, para despertar el apetito del perro. A aquel gesto, el animal contestó moviendo ligeramente el rabo, pero se detuvo de pronto, reflexionando al parecer en lo que hacía.


    El francés abandonó a sus clientes de la barra y se aproximó a la puerta con el bistec entre los dedos, parándose cerca del perro, se lo pasó por la nariz como solía hacerlo a veces antes de entregárselo. Cuando el animal lo vio aproximarse, se contentó con el levantar la vista sin moverse. Cuando el hombre vio que no tomaba la carne, lejos de enojarse o de perder la paciencia, dejó caer el trozo entre las patas delanteras del perro; entonces acarició al animal, que contestó con un ligerísimo movimiento de cola, sin apartar la vista del francés. Después bajo la cabeza, olió el bistec sin interés, se volvió a mirar nuevamente al hombre, se levantó y se fue.


    El francés le vio caminar por la banqueta, rozando los edificios sin volver la vista hacia atrás. Pronto desapareció entre las gentes que transitaban por la calle.


    Al día siguiente, puntual como siempre, el perro llegó a sentarse a la puerta, mirando a la cara de su amigo perdido.


    Y volvió a ocurrir lo que el día anterior. Cuando el francés se presentó con un trozo de carne entre los dedos, el perro se concretó a mirarle, sin interesarse en lo más mínimo por el jugoso bistec colocado a su lado, en el suelo. Otra vez, sin dejar de verlo, movió el rabo ligeramente cuando el hombre lo acarició y le tiró de las orejas. De pronto se paró, empujó con la nariz la mano que le acariciaba, la lamió una y otra vez durante un minuto, volvió a mirar al francés y sin oler siquiera la carne dio la vuelta y se fue.


    Aquella fue la última vez que Monsieur René vio al perro, porque jamás volvió al restaurante, ni se le vio más por los alrededores.

  10. #10

    Predeterminado

    En vista de que he sido aludido y yo soy de dar la cara siempre, dejo la elocuencia a un lado, me guardo de mis interdictos y excomuniones, enfundo mi espada y solo declaro esta escena que vale más que mil post:


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